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sábado, 4 de junio de 2011

LA TRADICIÓN PERDIDA DE DORREGO , por Hernán Brienza (Epílogo del libro “El loco Dorrego, el último revolucionario”, Marea, Buenos Aires, 2007)


“Este libro nació hace poco más de dos años cuando en un programa de radio un conductor, hablando sobre mi libro Maldito tú eres, me preguntó sobre el momento en que comenzó la violencia política en la Argentina. El periodista sostenía, no sin cierta malicia, que todo se había iniciado con el secuestro y posterior asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu. Obviamente, le respondí que el crimen de Aramburu estaba enmarcado en lo que era una dictadura, y propuse cambiar la fecha del comienzo de las agresiones a junio de 1955 y julio de 1956, años respectivos del bombardeo a la Plaza de Mayo que dejó centenares de víctimas y al fusilamiento Juan José Valle entre otras 27 personas, entre civiles y militares. De inmediato, comenzó un juego del Gran Bonete, en el cual él argumentó que el golpe de Estado estaba justificado porque se trataba de un régimen autoritario y yo justifiqué esas restricciones democráticas respecto del fraude patriótico de la década infame y ambos estuvimos casi de acuerdo en consensuar que el mal del siglo XX tiene una fecha exacta, el 6 de septiembre de 1930, día en que el general José Félix Uriburu derrocó el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Pero el juego continuó y se habló de las represiones a las huelgas en la Patagonia, de la Semana Trágica, de la Revolución del ´90 y la de 1905, de los crímenes de la organización nacional contra el “Chacho” Peñaloza, el crimen de Urquiza, del golpe de Caseros, de la mazorca rosista y de los años de la ´tiranía´ federal y por último llegamos al 13 de diciembre de 1828, día en que fue fusilado Manuel Dorrego. Para ser groseros, cerramos el litigio con un : ´En esa fecha comienza la larga guerra civil que divide a los argentinos´.

Este libro, entonces, es una continuación de mi preocupación permanente por desentrañar las razones de la violencia que sacudió a mi país en la década de 1970.

La idea de la Argentina quebrada en dos fue bien formulada por Nicolás Shumway, que en su esquemático libro La invención de la Argentina concluye con una profecía poco feliz : ´La Argentina es una casa dividida contra sí misma y lo ha sido al menos desde que Moreno se enfrentó a Saavedra. En el mejor de los casos, las divisiones llevan a un impasse letárgico en la que nadie sufre demasiado ; en el peor, la rivalidad, las sospechas y los odios de un grupo por el otro, cada uno con su idea distinta de la historia, la identidad y el destino, llevan a baños de sangre como las guerras civiles del siglo pasado o a la guerra sucia de fines de la década de 1970´.

Volver a Dorrego, entonces, es regresar a un punto nodal de la historia, para hender y desmenuzar los conflictos que se agitan dentro de sus vísceras. Estas página hablaron, a través de la vida de un hombre, del gran desencuentro de los argentinos.

Pero ¿ por qué Dorrego?.

No sólo porque es el primer crimen político luego de la furia revolucionaria que acabó con Santiago de Liniers y con Martín de Álzaga y de los procesos judiciales que concluyeron en la pena de muerte -como en el caso de la anarquía del año 1820- ; sino por las cualidades de Dorrego y por las circunstancias que rodean su asesinato. El 13 de diciembre de 1828 mueren definitivamente los principios que sostuvieron algunos de los hombres más esclarecidos de la Mayo de 1810 y el golpe decembrino no es otra cosa que una matriz de los posteriores golpes de Estado que sacudieron al siglo XX.

Dorrego, como dice José Ingenieros en su La evolución de las ideas argentinas fue “un ariete demoledor –contra el unitarismo que era considerado un monarquismo centralista- ; aumentaron su eficacia las vinculaciones sociales y políticas que tanto pesaban en el espíritu de la oligarquía porteña, y , seguramente, su limpieza moral, su ilustración, su audacia y la firmeza inquebrantable en los ideales porque impendió su vida. Este hombre jacobino y liberalísimo se complicó en los manejos de los conservadores y contribuyó a preparar la tiranía de Rosas, sin prever las consecuencias ni sospechar que su nombre se convertiría en bandera del partido que cimentó la dictadura”.

Como no podía ser de otra manera, Ingenieros está claramente influenciado por su concepción dualista de la historia argentina a la que divide en la dialéctica revolución-reacción y para él Rivadavia y Dorrego, aunque enemigos irreconciliables, son hombres del progresismo, mientras el Congreso de Tucumán y el federalismo de Rosas significan la restauración de la sociedad conservadora, es decir, monárquica. Pero hay dos palabras felices en la prosa de Ingenieros : ‘jacobino y liberalísimo’. Dorrego, sin dudas, es el mejor continuador en el poder de Mariano Moreno y de Bernardo de Monteagudo, los dos dominantes jacobinos de la Revolución de Mayo y los dos hombres con mayor visión y proyección política que tuvo aquella época.

La historia argentina está trazada –obviamente, se trata de operaciones ideológicas posteriores- por encadenamientos políticoculturales que, como con perfidia la definieron Agüero y luego Sarmiento, se puede dividir en “civilización y barbarie”, en “ilustración y salvajismo” o en términos menos pasionales y menos manipuladores en una línea liberal –la denominada por Arturo Jauretche ‘Mayo-Caseros’- y la línea nacional y popular.

Adalides de la primera concepción son Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, el roquismo, la autodenominada ‘Revolución Libertadora’ e importantes sectores del Onganiato (la dictadura de Juan Carlos Onganía), del Proceso de Reorganización Nacional –nunca mejor pensado, en términos ideológicos, el nombre que se dieron a sí mismos los líderes de la última dictadura militar- y del gobierno de Carlos Menem, sobre todo en los tres casos últimos, los integrados por los equipos económicos e intelectuales orgánicos de esos procesos. Los paladines que integran la línea nacional , como se sabe, son José de San Martín, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

En una versión esquemática y un poco naif la línea Mayo-Caseros se ve a sí misma como precursora de la civilización y del orden, del progreso económico y de las libertades del hombre occidental ; y la nacional y popular, defensora de los intereses económicos de la Nación y de los sectores populares. Las acusaciones cruzadas señalan que los primeros son golpistas, tiranos, extranjerizantes y entregadores de las riquezas al extranjero y que los segundos son bárbaros, refractarios, demagógicos y dictatoriales. Y algo de razón tienen todos, como no podría ser de otra manera.

Pero ¿Dónde encaja Dorrego?.

Sencillamente, no encaja. Y esa es la razón por la que fue condenado al olvido histórico. Los liberales no pueden recuperar para su panteón a un hombre al que asesinaron sin más. Entonces, deciden callar o intentar justificar las acciones de Lavalle echando tierra sobre Dorrego –tachándolo de “loco” o “conspirador”·- o, como señala José Pablo Feinmann en su esclarecedor libro La sangre derramada, construir la figura de Lavalle-víctima. Resulta interesante la operación política develada por Feinmann : ‘En el fusilamiento de Dorrego se ha insistido en ver a dos víctimas : al fusilado y al fusilador. Dorrego muere y es la gran víctima del federalismo. Lavalle no muere pero permanece hundido en una desdicha que -con frecuencia- pareciera ser mayor que la de Dorrego : es la desdicha que genera la culpa. Lavalle ha sido la principal víctima de su temperamento, de su pasión incontrolada, de los malos consejos de sus consejeros. Esta imagen de Lavalle-víctima, del Lavalle tragedia ha sido desarrollada por el referente masculino de la Nación, Ernesto Sábato, en una trama lateral de su novela Sobre héroes y tumbas. Convocó con su infalible efectividad, la adhesión, la emoción y el deslumbramiento de los sectores culturales medios argentinos. En verdad, la vigencia de ese Lavalle se debe en gran medida a las páginas que Sábato le dedicara en esa novela fetiche –deudora kitsch de las filosofías de la tragedia- publicada a comienzos de la década de los 60’.

Pero resulta muy significativo leer lo que los viejos liberales pensaban del propio Dorrego para comprender también porqué el sector nacional no lo incluye como debiera en su panteón de próceres. Obviamente, es una operación antirrosista, pero vale la pena refrescarla. Mitre, el padre de la historia y de la mitología argentina, lo define lacónicamente como “el único prócer federal” y Sarmiento ahonda esos conceptos : ‘ Los antiguos unitarios no han alcanzado a comprender que Dorrego con su ambición y sus intrigas era, sin embargo, el único que habría podido organizar la República bajo las formas parlamentarias, sin dar lugar a que ambiciones bárbaras y retrógradas vinieran con Rosas a incorporarla bajo la férula de un despotismo sanguinario, y que ahoga todo germen de civilización y de prosperidad. Dorrego era hijo de la Cámara parlamentaria y de la prensa de oposición, y nunca habría destruido las armas que con tanta gloria habían derrotado a la presidencia [de Rivadavia]’ dice el sanjuanino con su escritura ardiente y belicosa.

Y en el Facundo, si bien critica duramente a Dorrego, agrega en un párrafo de sutil análisis político : ‘Dorrego está de más para todos : para los unitarios, que lo menospreciaban ; para los caudillos, a quienes era indiferente ; para Rosas, en fin, que ya estaba cansado de aguardar y de surgir a la sombra de los partidos de la ciudad, que quería gobernar pronto, incontinente ; en una palabra : pugnaba por producirse aquel elemento que no era, porque no podía serlo, federal en el sentido estricto de la palabra ; aquellos que se estaban removiendo y agitando desde Artigas hasta Facundo, tercer elemento social, lleno de vigor y de fuerza impaciente por manifestarse en toda su desnudez, por medirse con las ciudades y con la civilización europea […] Lo que Lavalle hizo fue dar con la espada un corte al nudo gordiano en que había venido a enredarse toda la sociabilidad argentina : dando una sangría quiso evitar el cáncer lento, la estagnación ; poniendo fuego a la mecha que hizo que reventase la mina por la mano de unitarios y federales preparada mucho tiempo atrás’.

Incluso Esteban Echeverría se deshace en elogios para el ‘padrecito de los pobres’ y escribe en el Dogma Socialista : ‘Dorrego era caudillo de una facción, y murió víctima de otra facción vencedora […]. Pero la federación Dorreguista no era la federación Rosista. Dorrego, a más de caudillo federal, puede considerarse como la más completa y enérgica expresión del sentido común del país, alarmado en vista de las incompresibles y bruscas innovaciones del partido unitario ; y es indudable que en este terreno era fuerte, y desempeñaba muy bien su papel de tribuno de la multitud. La federación, por lo mismo, en su boca significaba algo, era el eco de un instinto de reacción popular y una bocina de alzamiento. La federación que Rosas vocifera es todo lo contrario de lo que han pretendido todos los caudillos desde Artigas hasta Dorrego’.

Está claro –pese a estos elogios- por qué los liberales desprecian a Dorrego : popular, demagogo, alterador del orden y acaso protonacionalista, son algunos de los cargos de los que pueden acusarlo. Y si uno hila más fino encontrará detrás de sus enemigos la verdadera ligazón que las clases dominantes –ilustradas o no- reservan para los sectores populares y sus líderes : el desprecio social. Como dice Vicente Massot, en su libro Matar y morir, ‘los unitarios –por afectada que fuese su condición- creyeron ser civilizados por oposición a sus enemigos, a quienes, indistintamente, calificaron como hordas, canallas, gentuza o forajidos’. Y tal vez en ese menosprecio, en ese desdén, se encuentre la causa de los males de la Argentina. Ese desapego, esa ajenización que siente por los sectores populares, le impidió a la clase dominante criolla, a lo largo de dos siglos, construir una sociedad homogénea política y socialmente. Tiende a tejer sus alianzas, excepto en contadas ocasiones, con los sectores privilegiados de las grandes potencias antes que conducir el destino de las clases subalternas, como ya bien lo señaló la cohorte de escritores nacionalistas de principios de siglo XX, como Manuel Gálvez y Ernesto Palacio, entre otros.

Sin embargo, no queda claro por qué los sectores nacionales no hicieron de Dorrego una bandera propia y eligieron a Rosas como emblema. La primera razón posiblemente se deba a que siempre es necesario realizar un ‘rescate monumental’ –en términos nietszcheanos- de un personaje victorioso, antes que de un mártir. La excepción fue el propio Rosasmque accedió al poder sobre el cadáver de Dorrego. Pero también hay razones fundamentales en el punto nodal del pensamiento nacional para las que es más funcional Rosas que Dorrego.

Ambos caudillos no representaban lo mismo. Los une sin dudas la pasión por al defensa de la soberanía nacional. Pero tenían proyectos políticos diferentes. Mientras Dorrego era un federalista, republicano, democrático y liberal, Rosas creía en la república aristocrática paternalista de hecho. Y también las bases de sustento político eran diferentes. Así como Dorrego construía poder pivoteando en una alianza entre ganaderos y comerciantes, apoyado por los círculos intelectuales porteños y los caudillos provinciales y representando a los sectores medios y bajos de la ciudad –los orilleros, los milicianos-, Rosas tejió una sólida alianza con los ganaderos de la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe y con los sectores populares del campo, sin demasiado interés por la inclusión de las demás provincias en el Estado. Su federalismo era constitutivamente diferente. Rosas era un hombre del orden, Dorrego de la revolución. Rosas, un estanciero , Dorrego, un burgués . Rosas estaba ideológicamente cerca de Martín Rodríguez y Lavalle, Dorrego, en cambio, de Moreno y San Martín, de Artigas y de Bolívar, pese a los desvaríos dictatoriales del venezolano.

Pero por alguna razón, la corriente del pensamiento nacional –tradición con la cual siempre me sentí identificado- se deslumbró con la imagen de Rosas y no con la de Dorrego, con las excepciones de René Orsi y Jorge Abelardo Ramos. Y me animo a arriesgar que fue por el contenido autoritario que abrazó la línea nacional en el siglo XX, ya fuera tanto en sus vertientes de derecha como de izquierda. El nombre de Dorrego sonaba todavía demasiado liberal, pluralista, para los principales pensadores de esta corriente. Era más fácil operacionalizar la semejanza entre Rosas e Yrigoyen -como lo hizo Manuel Gálvez- entre Rosas y Perón –como lo realizaron José María Rosa, Raúl Scalabrini Ortiz y Jauretche- que hacerlo con Dorrego, después de todo, un republicano derrotado.


Dorrego, entonces, es apenas el cruce de dos paralelas : liberal, pero nacionalista ; federal, pero ilustrado ; porteño, pero federal ; ilustrado, pero popular ; nacional y popular, pero democrático y republicano ; nacionalista, localista, pero profundamente americanista, bolivariano , sanmartiniano. Por eso no encaja en los moldes de las líneas históricas. Su aura reverbera en las figuras de Leandro N. Alem, acaso Hipólito Yrigoyen, tal vez el primer Perón, el John William Cooke preguevarista y posiblemente en Arturo Illia y Héctor Campora, aunque todos éstos personajes tengan diferencias ideológicas supuestamente irreconciliables

La última exhumación ideológica de Dorrego la hicieron Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, en el libro El asesinato de Dorrego. Y es apasionante leer esa gran operación cultural de rescate histórico. En la última página sostienen : “Rosas comprendía, fundándose en la experiencia de Dorrego, que si no destruía el sistema de sus enemigos mediante la violencia, no conseguiría llevar adelante aquella política nacional. […] Esta línea nacional, como la llamara Raúl Scalabrini Ortiz, era la línea de las clases populares, caracterizada por la resistencia triunfal de la penetración extranjera. Tendrá más tarde sus nuevos mártires : Juan Facundo Quiroga, Martiniano Chilavert, Jerónimo Costa, el Chacho Peñaloza, Aurelio Salazar serían las gloriosas víctimas del sistema del siglo pasado. Tras la derrota momentánea del movimiento de masas peronista a raíz de la contrarrevolución de septiembre de 1955 –que bombardeara al pueblo en sus plazas-, nuevamente los doctores de casaca negra condenarían sanguinariamente a los militantes del pueblo. El general Juan José Valle, que como Dorrego sabría aceptar con honor la injusta sentencia de la oligarquía, y Felipe Vallese, obrero peronista, serían los símbolos más notables de la larga lista de perseguidos y asesinados en nombre de una ‘revolución libertadora’ que, como la de Lavalle, tenía por único objetivo entregar nuestra patria al vasallaje internacional. Tras el asesinato de Dorrego, crimen que la historia hecha por el pueblo no justifica ni justificará jamás, se descubre una experiencia aleccionadora en la guerra total que el pueblo ha decretado contra sus enemigos’. Fascinante prosa de 1965 que será cinco años después la mejor justificación ideológica para cerrar con el secuestro y fusilamiento de Aramburu el círculo histórico de Navarro.

¿Y Lavalle?

Lavalle no es otra cosa que el Sargento “anti” Cruz de la larga noche de la historia argentina, se podría decir parafraseando a Jorge Luis Borges en su texto Nuestro pobre individualismo. Es el militar que en vez de colocarse del lado del valiente, que en el Martín Fierro, de José Hernández, decide traicionar a Fierro y sumarse a la patrulla para darle muerte al bravo. No es merecedor, en mi opinión, ni de justificación hacia su crimen ni conmiseración ante su arrepentimiento posterior. Simplemente es pertinente marcar una constante de todos los golpes de Estado : los llevan adelante soldados nacionalistas y disfrutan de sus dividendos los liberales económicos y los hombres de negocios cuando consideran que deben recuperar el poder perdido en manos de los sectores populares a los que tanto desprecian. Esta es la matriz real de todos los quiebres institucionales que se produjeron a lo largo de nuestra historia . Alguna vez los militares argentinos deberán hacerse cargo de todos sus errores históricos y reconocer que han servido solo para impedir la fecundización de un proyecto nacional profundo.

Por último, tal vez el peor crimen de Lavalle no haya sido el asesinato de Dorrego, ni la imposición de la primera tiranía en esta tierra, ni la implantación del liberalismo a través del inicio de una tradición golpista, sino, también, el arrebato a los hombres de acción y de pensamiento nacional de la posibilidad de reconciliarse con el republicanismo, el pluralismo y el profundo sentido democrático de los Moreno, los San Martín y los Dorrego.

Esta biografía de Dorrego, como todos los trabajos anteriores, también es hija de su tiempo. Y es, sobre todo, hija de su autor. La historia es apenas una sucesión de mitologías que se resiste a dejarse disciplinar en el coto de la ciencia. Creo, como ya dijo Manuel Gálvez, que ‘toda biografía, toda historia, es siempre una interpretación. La verdad absoluta no la poseemos ni la poseeremos jamás’. Y seguramente toda interpretación es un anhelo. Y todo anhelo, una convicción. Mi íntima convicción es que mi país sólo recuperará su destino cuando logre recuperar la tradición perdida de Dorrego"


Hernán Brienza, 28 de diciembre de 2006.

Puede encontrarse en la red el libro completo digitalizado en :




Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella

PARA QUÉ SIRVIÓ LA BATALLA, por Sergio Wischñevsky (para PÁGINA 12 del 21-11-10)

Por Sergio Wischñevsky , Historiador, UBA.


El 20 de noviembre de 1845 una flota enviada por Inglaterra y Francia avanzaba por el río Paraná hacia el interior del continente. Eran 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes, estos navíos poseían la tecnología más avanzada en maquinaria militar de la época, impulsados tanto a vela como con motores a vapor. Una parte de ellos estaban parcialmente blindados, y todos dotados de grandes piezas de artillería forjadas en hierro y de rápida recarga, granadas de acción retardada y cohetes Congreve que causaban efectos devastadores. Disponían de 418 cañones y 880 hombres armados. Argumentaron que su presencia era por razones humanitarias y para garantizar el libre comercio. El gobierno de Rosas se dispuso a resistir las presiones de estas dos potencias europeas y decidió dar batalla. Los criollos esperaron a la flota en Vuelta de Obligado, un recodo donde el río se angosta a 700 m de orilla a orilla en la localidad de San Nicolás en Santa Fe. La idea era perpetrar una emboscada, contaban con seis barcos mercantes y 60 cañones construidos de apuro, con más fervor que pericia, con más voluntad que posibilidades de triunfo. Tres gruesas cadenas se desplegaron a lo ancho del Paraná para cerrar el paso, sostenidas por lanchones. Evidentemente no tenían chances, la desigualdad de fuerzas y de preparación era abismal. Sin embargo, es justamente esta evidencia lo que le otorga una nobleza especial al enfrentamiento. Fue una batalla perdida, la flota logró seguir avanzando y diezmó a las fuerzas de la Confederación, pero a partir de ese momento empieza otra historia.
Los opositores a Rosas habían convencido a los ingleses de que si atacaban iban a encontrar el apoyo y simpatía de los pueblos del litoral. De hecho, Florencio Varela dejó por escrito su entusiasmo con la llegada de la flota anglo-francesa y propició la separación de Paraguay, Uruguay y la creación de una república mesopotámica con la unión de Entre Ríos y Corrientes. En ese entonces el puerto de Montevideo era manejado por un comerciante inglés que tenía la concesión hasta 1848. Evidentemente muy buenos negocios, libres de impuestos, se presentaban como perspectiva al comercio europeo si lograban quebrar la resistencia a la “libre navegación” de los ríos Paraná y Uruguay.
La flota siguió su avance y tanto desde la prensa unitaria como desde medios británicos se festejaba la llegada de una nueva era comercial.
Pero los ecos de la batalla generaron una nueva resistencia, las poblaciones adyacentes a los ríos retiraron el ganado y todo aquello que pudiera servir de vitualla. Al pasar por las costas de San Lorenzo recibieron ataques de artillería como así también en otros puntos de la travesía. Al desembarcar en Corrientes y en Paraguay descubrieron con amargura que el alto costo de hambre, enfermedades y muerte no se ajustaba a los beneficios económicos que realmente esperaban obtener. Concluyeron que era mucho más racional reconocer la soberanía de la Confederación en sendos pactos que Inglaterra, y un año más tarde Francia, firmaron.
El gran triunfo fue dar la batalla. Quienes aseguran que el verdadero logro se dio en las negociaciones diplomáticas olvidan que en esas mesas de discusión siempre están presentes y juegan un rol fundamental la evaluación de las fuerzas y las voluntades en disputa.
Con la historia está sucediendo algo muy parecido a lo que se viene discutiendo en nuestro país con el periodismo. El historiador Luis Alberto Romero ha dicho que este “revival” de la Vuelta de Obligado abreva en un nacionalismo patológico que hace emerger al enano nacionalista que la sociedad argentina tiene muy arraigado. Por ello recuerda que para los historiadores profesionales la nacionalidad es una construcción social y no una esencia.
Eric Hobsbawm observó que la idea de nación reconoce tres etapas conceptuales muy diferentes: la primera ligada a la Revolución Francesa homologa nación con pueblo y tiene un carácter profundamente inclusivo. Todo el pueblo es la nación, el enemigo era la aristocracia. La segunda concepción es la que asociamos con las corrientes de derecha. El nacionalismo en este caso es excluyente. Enfrenta a las naciones, habla de superiores e inferiores, se desliza con facilidad al fascismo. El tercer nacionalismo posible es el que enfrenta a las naciones sometidas con sus metrópolis, es lo que se ha dado en llamar antiimperialismo y resalta los valores nacionales y la soberanía como impulso a la libertad a la autodeterminación de los pueblos. Por eso reivindicar en la historia aquellos momentos en los que se enfrentó a los imperios no es despertar al enano nacionalista sino muy por el contrario recordar que si bien es cierto que la nación no es una esencia, sino que es algo que se construye, está muy claro que esa construcción está jalonada de atrevimientos como el del 1845 y de derrotas que se convierten en victorias. En los días que corren es bueno tenerlo presente.

Publicado en :

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157295-2010-11-21.html


Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella

viernes, 3 de junio de 2011

BICENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SARMIENTO, por Hugo Presman (para espacioiniciativa.com.ar)

Arriba : Domingo Faustino Sarmiento y Ángel Vicente Peñaloza. La cabeza de Peñaloza terminaría clavada en una pica, por decisión del civilizado educador.


Historia y Política

Publicado el 25 Febrero de 2011 en " Iniciativa por un proyecto nacional, popular y latinoamericano. Espacio de debate político, social y cultural".


Por Hugo Presman


La visión que se tenga sobre el pasado condiciona los posicionamientos del presente. El autor de “1984”, el escritor inglés George Orwell sostenía: “Quién controla el pasado controla el futuro; quién controla el presente controla el pasado”.


El martes 15 de febrero los diarios hegemónicos, junto con páginas y suplementos conmemorando el bicentenario del nacimiento de Sarmiento titulaban editorialmente sobre el avión norteamericano cuyo cargamento fue verificado. La Nación decía: “Grave escalada en el conflicto con EE.UU. por el avión militar” y en la bajada sostenía: “Timerman acusó al gobierno de Obama de intentar introducir material “sospechoso” y vinculó el decomiso con la lucha contra el terrorismo; Washington exigió la devolución de la carga y calificó de “vergonzoso” el trato recibido”. En la parte inferior izquierda de su tapa el título era: “Sarmiento, ese hombre del pasado que sigue desafiando el presente. Sus ideas para el progreso fueron visionarias y cuestionan el rumbo de la Argentina moderna.” Clarín del mismo día afirmaba en su portada: “EE.UU, “perplejo y preocupado” por la requisa del avión” En la bajada se puede leer: “Así lo señaló el vocero del Departamento de Estado. Fuentes de la diplomacia norteamericana dijeron además que el material requisado era un entrenamiento policial aprobado por Timerman y Garré. Argentina presentó su protesta formal” Y a continuación en letras rojas: “Otra vez, una interna del gobierno empujó la decisión”. En la parte superior y debajo del nombre del diario: “Sarmiento, el hombre que soñó un país. Suplemento especial por su bicentenario”
Los diarios oficialistas tuvieron compartimientos parecidos. “Página 12” omitió el bicentenario y tituló: “Fuera de la ley” y en la bajada: “La Cancillería expresó su “más enérgica protesta” por la carga no declarada del avión de la fuerza aérea norteamericana, mientras el subsecretario de Estado de ese país, Arturo Valenzuela, aseguró que no había “nada fuera de orden” y cuestionó la requisa argentina. El canciller Héctor Timerman indicó que “Estados Unidos debe respetar las leyes argentinas.” A su vez “Tiempo Argentino” tituló: “EE.UU, “perplejo” por tener que acatar la ley argentina” y en un recuadro pequeño “Sarmiento. Nació hace 200 años pero su obra sigue generando amores y odios”
No hay la menor casualidad en la forma en que los medios hegemónicos y oficialistas trataron un hecho del presente y una recordación del pasado. Intentaré explicarlo.


Dos modelos en pugna


Desde 1810 en lo que hoy es la Argentina se enfrentaron dos modelos antagónicos. Confrontaron a lo largo de las sangrientas guerras civiles que duraron seis décadas. Se impusieron los comerciantes del puerto de Buenos Aires y los hacendados de la Provincia. Fueron derrotadas las artesanías y pequeñas industrias del norte argentino representadas por caudillos como el Chacho Peñaloza y Felipe Varela entre otros. Triunfó un modelo de colonia agropecuaria complementaria de la metrópoli británica. En la división internacional del trabajo la Argentina quedó como el granero e Inglaterra la industria. Parecía que el modelo de economía primaria exportadora sería eterno, pero por las hendiduras producidas en el mismo durante las crisis del capitalismo mundial fue surgiendo el modelo de sustitución de importaciones que engendró al peronismo y que a su vez incluyó y dignificó a los descendientes de los derrotados de la guerra civil del siglo XIX. Contra este modelo y su expresión política se hicieron los golpes de 1955, 1966 y 1976, se bombardeó Plaza de Mayo, se fusiló clandestinamente y cuando todo eso fue insuficiente se recurrió al terrorismo de estado. Lo que quedaba en pie lo remató el menemismo con apoyo popular mayoritario. El modelo de rentabilidad financiera, la versión de fin de siglo de las ilusiones del Centenario, concluyó en la peor crisis económica que padeció el país. De esas ruinas en que se entrelazaban la pobreza y la indigencia de una magnitud nunca conocida, con fragmentación social y clubes del trueque, con múltiples monedas y desvaríos que iban desde la posibilidad de intervención del país a cargo de un comité de técnicos propuesto por el economista Rudi Dornbusch, hasta la dolarización y la banca off-shore, desde la posibilidad de amputación territorial a Ezeiza como única salida, surgió el kirchnerismo, una mezcla de ruptura fuerte y continuidad en otros aspectos con la década del noventa. Pero por encima de continuidades y ruptura, la música del kirchnerismo en sus aspectos más revulsivos para sectores del establishment, fue una apuesta para retomar banderas de los movimientos populares del siglo XX y de las enarboladas por los derrotados del siglo XIX. Y eso produjo una reacción visceral de muchos de los dueños tradicionales del país que añoran al primer Centenario, con el apoyo popular de sectores medios enajenados ideológicamente, que evocan la década del noventa. A ambos los une una común vocación de colonia.


Sarmiento y su Época


La historia oficial fue escrita por uno de los triunfadores del siglo XIX, Bartolomé Mitre, quién dejó de guardaespaldas al diario La Nación que él fundó.
En su distribución de héroes y réprobos, Sarmiento fue levantado como el símbolo de la educación, omitiendo los aspectos más revulsivos y reprobables de su actuación política.
Escribió Jorge Abelardo Ramos en su libro “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”:Ya está el loco Sarmiento en el poder. Había soñado en ese momento único desde los años de soledad y destierro. Sanjuanino aporteñado, talentoso instrumento de la oligarquía porteña, puño implacable de Mitre en la extirpación de los caudillos y el gauchaje….admirador de los anglosajones y de su idioma y cofundador de nuestra literatura con José Hernández …Estamos frente a un hombre, contradictorio, vital, creador, y provinciano al fin. …Lo odió a Facundo, porque Facundo, era la realidad sin afeites del medio histórico provinciano del cual él mismo surgía. Al rechazar esta sociedad, Sarmiento expresó como nadie la ambición provinciana de sustituir la lanza por el rémington y la escuela. Fue un burgués sin burguesía, maestro iletrado que hizo su cultura a poncho, que no fundó escuelas (según ha probado Avellaneda en carta famosa) pero quiso fundarlas y peleó por ellas. Alberdi y Sarmiento fueron los intelectuales más notables producidos por el interior, aunque la diferencia entre ambos radica en que Sarmiento transigió sistemáticamente con la oligarquía porteña, para poder vivir y expresarse; Alberdi, por el contrario, a partir de su colaboración con Urquiza y la Confederación, fue extirpado del mapa político del país donde se le rehusó todo. Sin embargo la burguesía comercial porteña, que utilizó muchas veces a Sarmiento, no lo asimiló por entero”
Personalidad apasionante, fue capaz de enlazar en sus contradicciones, la pedagogía de la violencia más profunda y despiadada con un conocimiento detallado de las teorías de Darwin a las que adhirió. Escritor notable, los aspectos positivos de su desmesura le llevó a concebir los bosques de Palermo, que aún hoy son el principal pulmón de la ciudad.
Fomentó la inmigración, aunque tenía conceptos muy peyorativos hacia ellos. De los árabes decía: “una canalla que los franceses corrieron a bayonetazos hasta el Sahara.” A los italianos los llamaba “gringos bachichas”; de los españoles no quería oír hablar y de los judíos: “¡Fuera la raza semítica! ¿O no tenemos derecho para hacer salir a estos gitanos que han hecho del mundo su patria?” Con relación a los aborígenes escribió: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría a colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. (“El Progreso”, 27 de septiembre de 1844).


Sarmiento visto desde el presente


Mientras en “Tiempo Argentino”, Mario “Pacho” O Donnell opina: “Sarmiento fue el portavoz de los vencedores de las guerras civiles, el promotor del proyecto de organización nacional elitista, porteñista, antipopular”, Luis Alberto Romero en el suplemento especial de Clarín, adscribiendo en todo a la versión de la historia oficial escribe: “Observó la ciudad de Santiago, la única importante que conocía cuando escribió Facundo, e imaginó el conflicto profundo entre lo urbano y lo rural, la civilización y la barbarie…..En cambio en los Estados Unidos conoció el porvenir: un capitalismo pujante y una sociedad democrática, donde los patricios se confundían con los plebeyos, y todo el mundo usaba el mismo tipo de sombrero, confeccionado en una próspera fábrica de Filadelfia”. Parece increíble la torpeza del razonamiento de Romero. Es 1845, por lo tanto aún no se había librado la guerra de secesión. La esclavitud estaba en su apogeo pero Romero imagina una sociedad democrática en que se confundían patricios con plebeyos. En cuanto a los sombreros, eso permitió que al librarse la batalla decisiva entre los dos modelos, el norte industrial triunfara sobre el sur algodonero y tabacalero y eso determinó el posterior desarrollo capitalista norteamericano. Aquí triunfaron el equivalente a los algodoneros y tabacaleros norteamericanos de los cuales es tributario el pensamiento y la visión de la historia de Luis Alberto Romero, hijo del también historiador José Luis Romero, el rector de la Universidad de Buenos Aires después del golpe fusilador de 1955, divulgador de la historia oficial. Las piezas encajan con absoluta precisión.


Sarmiento y las alternativas actuales


El gobierno nacional no omitió el bicentenario del nacimiento de Sarmiento pero lo ninguneó hasta volverlo invisible. Cristina Fernández ha dado reiteradas pruebas de adscribir a posiciones revisionistas.
El gobierno de la Ciudad de Buenos Aires lo alza como el icono de la historia oficial y establece la obligatoriedad de cantar en los actos el Himno a Sarmiento. Es posible que Mauricio Macri se inspire en estos pensamientos de Sarmiento cuando exhibe su “sensibilidad” social: “Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”. (Del discurso en el Senado de la Provincia de Buenos Aires, 13 de septiembre de 1859).


Civilización o Barbarie


Arturo Jauretche la consideró la zoncera madre de todas las zonceras. Es la que se imparte desde que el chico es escolarizado. Si no se sale de este cepo, el ciudadano quedará imposibilitado de entender la realidad de su país. La civilización es lo extranjero. La barbarie es lo local. A su vez dentro del propio territorio, la civilización es lo urbano y las clases altas. La barbarie es lo popular. La civilización, en el siglo XIX son Rivadavia y Mitre; la barbarie es Facundo Quiroga, Artigas, el Chacho, Ramírez, Felipe Varela. En el siglo XX, la barbarie serán Yrigoyen y Perón. La civilización Uriburu, Justo, Aramburu, Rojas. El peronismo hará la transmutación de la barbarie a la civilización con Carlos Menem del cual podría decirse las mismas frases que transcribimos de Jorge Abelardo Ramos con relación a Sarmiento, cambiando sólo su origen provinciano: “Riojano aporteñado, talentoso instrumento de la oligarquía porteña….la burguesía comercial porteña, que utilizó muchas veces a Menem, no lo asimiló por entero”
Si no se sale del esquema sarmientino, el cabecita negra es detestable, el inmigrante latinoamericano pobre, un peligro; hay que cuidarse de los jóvenes en lugar de cuidar a los jóvenes; una exteriorización de sapiencia es la autodenigración y la admiración de lo foráneo.
Esto está explícito en muchos de los escritos de Sarmiento: “Tengo odio a la barbarie popular la chusma y el pueblo gaucho nos es hostil”. (”El Nacional”, 3 de febrero de 1857). “El plan definitivo: asegurar los principales puntos de la República con batallones de línea, o lo que es lo mismo, apoyar a las clases cultas con soldados contra el levantamiento del paisanaje”. (Del Archivo Mitre).
Algunas de las expresiones de Sarmiento, las utilizó el poder no sólo en el siglo XIX sino en las etapas más negras del siglo XX: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos”. (Carta a Bartolomé Mitre, 20 de septiembre de 1861).
En cuanto a las prácticas democráticas, quedan delineadas en una carta de Sarmiento a Domingo Oro el 17 de junio de 1857 “Fue tal el terror que sembramos en toda esa gente, la oposición con éstos y otros medios …. Los gauchos que se resistieron a votar por los candidatos del gobierno fueron encarcelados, puestos en el cepo, enviados al ejército para que sirviesen en la frontera con los indios y muchos de ellos perdieron el rancho, sus escasos bienes y la mujer”. Este es el drama que refleja José Hernández en el Martín Fierro.


Historia y Política


La Argentina, permanece en un equilibrio inestable, porque ningún modelo ha podido imponerse definitivamente. Por eso hay diferentes versiones de una historia común.
Las tapas de los diarios hegemónicos que transcribimos al principio de esta nota tienen una explicación que viene del fondo de la historia. Representan a los herederos de los ganadores del siglo XIX. Se auto consideran expresión de la civilización contra la barbarie populista. En un enfrentamiento con los EE.UU, aún menor como el mencionado, expresarán los intereses del imperio admirado, si al gobierno nacional lo consideran expresión populista. Exagerarán como Joaquín Morales Solá quién considera el incidente más grave aún que la anticumbre de Mar del Plata (un verdadero hito que la historia recogerá como un símbolo del ejercicio de la soberanía)
La clase dominante argentina pero no dirigente, es dura hacia abajo y genuflexa hacia el amo imperial. Muchas franjas de clases medias adoptan la misma actitud en una doble rendición hacia los de arriba de adentro y de afuera. Expresan una cultura adquirida a través de la educación formal y remachada desde los medios hegemónicos que representan al poder económico. Esos que según sostenía el dirigente negro norteamericano Malcolm X: “Si no estás prevenido ante los medios de comunicación te harán amar al opresor y odiar al oprimido”
Por eso resulta natural que Clarín y La Nación se opongan al gobierno abrazados al recuerdo y pensamiento de Sarmiento, cuya envergadura era sin embargo muy superior a los pigmeos que lo recuerdan instrumentalmente.


 
Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella