Mostrando entradas con la etiqueta Rosas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de noviembre de 2011

La vuelta de la soberanía, por Pacho O’Donnell (para “Miradas al Sur” de noviembre de 2010)


El Combate de la Vuelta de Obligado es la expresión a cañonazos de un conflicto que recorre la historia argentina: la disputa entre las ambiciones de las dirigencias vendepatrias asociadas con las potencias exteriores del momento, enfrentadas con los intereses de los sectores populares que encontraron la fuerza de su expresión con Rosas, Yrigoyen, Perón y los Kirchner (P. O’D.)
El combate de la Vuelta de Obligado es, junto al Cruce de los Andes, una de las dos mayores epopeyas de nuestra Patria. Una gesta victoriosa en defensa de nuestra soberanía que puso a prueba exitosamente el coraje y el patriotismo de argentinas y argentinos, lamentablemente silenciada por la historiografía liberal escrita por la oligarquía porteñista, antipopular y europeizante, vencedora de nuestras guerras civiles del siglo XIX.
Corría 1845. Las dos más grandes potencias económicas, políticas y bélicas de la época, Gran Bretaña y Francia, se unieron para atacar a la Argentina, entonces bajo el mando del gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas. El pretexto fue una causa “humanitaria”: terminar con el gobierno supuestamente tiránico de Rosas, que los desafiaba poniendo trabas al libre comercio con medidas aduaneras que protegían a los productos nacionales, y fundando un Banco Nacional que escapaba al dominio de los capitales extranjeros.
Los reales motivos de la “intervención en el Río de la Plata”, como la llamaron los europeos, fueron de índole económica. Deseaban expandir sus mercados a favor del invento de los barcos de guerra a vapor que les permitían internarse en los ríos interiores sin depender de los vientos y así alcanzar nuestras provincias litorales, el Paraguay y el sur del Brasil. Dichas intenciones eran denunciadas por los casi cien barcos mercantes que seguían a las naves de guerra.
Otro objetivo de la gigantesca armada era desnivelar el conflicto armado entre la Argentina y la Banda Oriental (hoy República del Uruguay) a favor de ésta, que los franceses consideraban entonces protectorado propio. También independizar Corrientes, Entre Ríos y lo que es hoy Misiones formando un nuevo país, la “República de la Mesopotamia”, que empequeñecería y debilitaría a la Argentina y haría del Paraná un río internacional de navegación libre.
Los invasores contaron con el antipatriótico apoyo de argentinos enemigos de la Confederación rosista, que se identificaban como “unitarios”, muchos de ellos emigrados en Montevideo. Fueron ellos los que, vencedores del federalismo popular, escribieron nuestra historia oficial, lo que explica que la epopeya de Obligado haya sido ominosamente ignorada hasta nuestros días.
Ingleses y franceses creyeron que la sola exhibición de sus imponentes naves, sus entrenados marineros y soldados, y su modernísimo armamento bastarían para doblegar a nuestros antepasados como acababa de suceder con China. Pero no fue así: Rosas, que gobernaba con el apoyo de la mayoría de la población, sobre todo de los sectores populares, decidió hacerles frente.
Encargó al general Lucio N. Mansilla conducir la defensa. Su estrategia fue la siguiente: dado que se trataba de una operación comercial encubierta, el objetivo era provocarles daños económicos suficientes como para hacerlos desistir de la empresa y lograr así una victoria estratégica que vigorosas negociaciones diplomáticas harían luego contundente.
Mansilla emplazó cuatro baterías en el lugar conocido como Vuelta de Obligado, donde el río se angosta y describe una curva que dificulta la navegación. Allí, nuestros heroicos antepasados tendieron tres gruesas cadenas sostenidas sobre barcazas y de esa manera lograron que durante el tiempo que tardaron en cortarlas, los enemigos sufrieran numerosas bajas en soldados y marineros y devastadores daños en sus barcos de guerra y en los mercantes. El calvario de las armadas europeas y los convoyes mercantes que las seguían continuó durante el viaje de ida y de regreso, siendo ferozmente atacadas desde las baterías de Quebracho, de Tonelero, de San Lorenzo y, otra vez, desde Obligado.
Lucio N. Mansilla se puso valientemente al frente de sus tropas para rechazar el desembarco de los enemigos y resultó gravemente herido.
La estrategia fijada por Rosas y Mansilla tuvo éxito y las grandes potencias de la época finalmente se vieron obligadas a capitular aceptando las condiciones impuestas por la Argentina y cumpliendo con la cláusula que imponía a ambas armadas, al abandonar el río de la Plata, disparar veintiún cañonazos de homenaje y desagravio al pabellón nacional.
Desde su destierro en Francia, don José de San Martín, henchido de orgulloso patriotismo, escribió a su amigo Tomás Guido el 10 de mayo de 1846: “Los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca” y más adelante felicitaría al Restaurador: “La batalla de Obligado es una segunda guerra de la Independencia”. Y al morir le legó su sable libertador.

Publicado en :

Publicación original en :





sábado, 18 de junio de 2011

ROSAS : EL GRAN CAUDILLO FEDERAL, por Luciano Sáliche (para "Revista Alrededores" de junio de 2011)



Es muy delgada la línea que pone a Juan Manuel de Rosas como héroe patrio o como dictador conservador. Hasta el día de hoy se debate cuál fue el papel que jugó en la historia. Un nostálgico y apasionado esbozo de la vida y obra del Restaurador de las Leyes, el villano político más emblemático de la Argentina del siglo XIX.


Por Luciano Sáliche - l.a.saliche@hotmail.com



En la calle Sarmiento -entre San Martin y Florida- de la ciudad de Buenos Aires, el 30 de marzo de 1773, bajo el nombre de Juan Manuel Domingo Ortiz de Rozas, nace un polémico e inimitable líder político. Fue un fiel buscador de sus propias convicciones, autónomas en sí mismas. Buscó siempre su independencia: a los 14 años luchó frente a la Segunda Invasión Inglesa como soldado en el cuarto escuadrón; se formó como hombre de campo yéndose de su casa por no querer continuar con la empresa familiar; y tras su enemistad con la familia de su futura mujer -Encarnación Ezcurra- fingieron un embarazo para lograr su cometido. Ya desde sus inicios se mostró como una figura poco convencional  que se rebelaba con la misma herramienta que lo hostigaba, la tradición.

Inició su carrera política en plena crisis del ‘20, cuando en la batalla de Cepeda cae el Directorio y se afianza por primera vez el federalismo. Cuando se firmó el mítico Tratado de Pilar y se consagró a Manuel Dorrego como gobernador,  Rosas es ascendido a coronel de caballería logrando una gran influencia y un fuerte posicionamiento de su figura. Ya con Martín Rodríguez en el gobierno de Buenos Aires y la figura de Bernardino Rivadavia en el Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, Rosas chocará fuertemente con ellos debido a la política que tendrán con los indios. En la Colección del Bicentenario de Biografías Planeta, el libro “Juan Manuel de Rosas, el Restaurador Político” cuenta una bella anécdota donde se ilustra la postura del Caudillo: “A los oídos de Rosas llega un rumor que un brote de viruela está asolando tribus amigas. De inmediato solicita a los caciques un encuentro y, en presencia de ellos, se hace vacunar. Sabe que el simple gesto alcanza. Bastará esa demostración para que los indios pierdan el miedo a la vacunación y la peste sea contrarrestada”.


Estrella federal

 Cuando Rivadavia se constituye como presidente –recodemos que el cargo sólo dura un año hasta que en 1854 lo retomará Urquiza- es donde toma fuerza la oposición federal debido a las políticas reformistas y unitarias del primero, obligándolo a renunciar. Con Dorrego en Buenos Aires, Rosas se perfila como el próximo dirigente. Para comprender la dramática situación que vivía el Río de la Plata entre unitarios y federales hay que detenerse, como marca Juan Carlos Chiaramonte, en el término provincia. Éste concepto ocultaba una resonancia mayor ya que hacía referencia –sin quererlo- a divisiones administrativas del virreinato. En aquellos tiempos todo paisano se sentía autóctono de su provincia, de su pueblo y no del nuevo orden político que refería la Nación. He aquí la importancia del federalismo de Rosas: Buenos Aires con su hegemonía clara de cara al puerto y la distribución frente a las demás provincias pero no como un estado centralizado sino como una Confederación. La soberanía se iniciaba –sostenía el federalismo argentino- en cada uno de los pueblos para luego conformar la nación que los englobaba.

El levantamiento de Juan Lavalle y José María Paz, los dos grandes líderes unitarios, provocó la huida de Rosas a Santa Fe donde se encontraba Estanislao López. Dorrego no le hizo caso al Caudillo quedándose en Buenos Aires para hacer honor a su cargo. Los unitarios estaban dispuesto a todos, eran los tiempos de la anarquía y el caudillismo. La secuencia culmina con el fusilamiento de Dorrego por parte del general Lavalle. En el conflicto, San Martín le escribía a Lavalle desde Francia, pintando así la necesidad de una figura restauradora y tiránica en la historia: “Igualmente convienen, y en esto ambos partidos, que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca (…) No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que ser yo el ejecutor de tamaños horrores.” El grado de convulsión era tal que el Libertador veía que sólo con una guerra civil definitiva y sangrienta podía izarse el país que tanto había soñado. 

El Pacto de Cañuelas entre Lavalle y Rosas llamó a elecciones en Buenos Aires. Rosas sabía que las clases populares estaban con él. La Junta de representantes, por un total de 32 a 1, eligió Gobernador de Buenos Aires al Caudillo. Allí se inició su primer mandato con el título de “Restaurador de las Leyes”. 

El Pacto Federal y los caudillos

La Liga Unitaria juntó nueve provincias al mando de Paz. Los tiempos se volvieron hostiles pero en ese momento surgió la figura del riojano Facundo Quiroga que se sublevó frente al estallido unitario y junto a Estanislao López y Juan Manuel de Rosas formaron un tridente legendario de la época dorada de los caudillos provinciales. Estos tres líderes federales firmaron el Pacto Federal de 1831 y, tomando como prisionero al general Paz, disolvieron así la Liga Unitaria. Ya restablecido medianamente el orden en el país, se eligió a Balcarce como gobernador de Buenos Aires. Rosas quedó como jefe de campaña yendo a hacer política al lugar que tanto había deseado: como hombre de campo expandiendo la frontera y mediando con los aborígenes.

En 1931 una manifestación popular pidió, al grito de ¡Viva Rosas!, que el Restaurador vuelva al mando ya que Balcarce no tenía la imagen pública que el pueblo esperaba. Rosas se negó varias veces por no obtener las facultades extraordinarias que se le otorgaron en el pasado, hasta que finamente aceptó debido a un triste hecho: la muerte de Quiroga. El riojano había ido a establecer la paz federal por los levantamientos en Salta y Tucumán. Y lo había logrado. Al volver a Buenos Aires, en Barranca Yaco, Córdoba, los unitarios lo interceptan dándole muerte. Rosas asume, y con las facultades incluidas.
Ejecución de José Vicente
Reynafé y Guillermo Reynafé

Muchos dijeron que la muerte de Quiroga fue una bendición para Juan Manuel. Pero la realidad es diferente ya que Rosas le tenía mucha estima al riojano. En su discurso inicial recordó los asesinados por los “salvajes unitarios”: Dorrego, Villafañe, Latorre, José Ortiz y ahora, Quiroga. El odio se condensó y las medidas que se tomaron hacia los opositores fueron extremas.  De hecho, hay una particularidad en el asesinato de Quiroga ya que no se comprobó con exactitud que hayan sido los causantes los hermanos Reynafé –polìticos y militares cordobeses unitarios-. Quedaron libres luego del juicio realizado en Córdoba pero no contento con ello, Rosas los enjuicia en Buenos Aires y se los declara culpables. Fueron colgados en la Plaza de la Victoria, actual Plaza de Mayo.

Luego del funeral de Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, astuto estratega político, pedirá un plebiscito para acentuar más aún la confianza del pueblo: de 9720 votantes, 9713 se pronunciaron por la afirmativa y en la Junta de Representantes sólo dos votaron en contra. Fernando Sabsay, en su tomo primero de Protagonistas de América Latina, comenta este momento cumbre: “La concepción iluminista del quehacer político debía ser remplazada por una concepción romántica, aferrada a la tierra y la tradición (…) y el caudillo más fuerte y más adentrado en el sentir multitudinario -era- Juan Manuel de Rosas.”

Vuelta de Obligado y La Caída


En
el ‘38, se dieron más bajas para Juan Manuel. Muere el patriarca de la Federación, Estanislao López, de una tuberculosis. Y, más triste aún, cuatro meses después,  fallece su compañera de vida, Encarnación Ezcurra. En este contexto, Rosas debió enfrentar el bloqueo anglo-francés. El restaurador decidió ir a fondo: sitiar Montevideo luego de tomar el resto de la Banda Oriental para combatir a Rivera y todos los opositores unitarios exiliados en dicha ciudad. Hacía años que los unitarios y los intelectuales opositores se exiliaban en la capital uruguaya al no encontrar seguridad en su país. Al mismo tiempo, el vicecónsul francés Roger pidió que se liberen de inmediato sus compatriotas presos políticos por supuesta cooperación con los unitarios. Rosas, obviamente, se negó. Con la excusa del conflicto, de querer mediar y de ver sus intereses en el Río de la Plata jaqueados, franceses e ingleses armaron su escuadra y atacaron. La célebre respuesta de Rosas frente al ataque a la soberanía nacional ilustra el emergente nacionalismo de la época: “La Confederación nunca se someterá a la prepotencia extranjera”.
En la Vuelta de Obligado se extendió una triple cadena para cerrarles el paso a las naves invasoras y se dispusieron baterías frente al río. A la entonación de “Oíd mortales” comenzó el combate. La diferencia armamentística y la avanzada extranjera fueron contundentes. Fueron más las perdidas argentinas pero el ideal romántico y nacional que se gestó fue fascinante. En Chile, Paraguay y sectores del Brasil comenzaron a ver con otros ojos al Caudillo. De hecho, algunos unitarios se conmovieron por la resistencia nacional. Los invasores se llevaron una victoria en cuanto al triunfo bélico pero sólo pudieron imponerles su comercio a un sector de Paraguay y a Corrientes que eran rebeldes al federalismo. La mayor cantidad de mercadería tuvo que volver a su país de origen dado que todos los civiles apoyaron la epopeya nacional y se negaron a comerciar con el agresor. 

Pero la historia nunca es justa. Rosas se volvió tosco, necio y más totalitario. El venerado personalismo de la Confederación en el Caudillo terminó siendo negativo. El surgimiento de Justo José de Urquiza, un fuerte caudillo federal de Entre Ríos, provocó el quiebre del contexto. Las disputas entre el Litoral y Buenos Aires se ampliaron dado que la comercialización de los ríos no podía continuar siendo monopólica a los bonaerenses. Urquiza va a correr de lugar la antigua lucha al permitir el ingreso de los exiliados unitarios a su provincia.  El conflicto se pronunció. Urquiza se alía con el imperio del Brasil, el gobierno de Paraguay y el de Corrientes iniciando la batalla de Caseros, la definitoria para librar a Buenos Aires del “Villano”. Las masas populares siempre estuvieron con Rosas pero la traición de Ángel Pacheco –uno de los militares predilectos de Rosas-dejó libre el flanco para el ataque de Urquiza. Rosas no era un gran comandante estratégico de guerra por lo que tuvo que huir. Se exilió en Southampton, Inglaterra y falleció sólo y viejo a los 84 años en su chacra como hombre de campo sin riquezas. Sobre el féretro, una bandera argentina y el sable que le había obsequiado San Martín.

Comprensiones finales


El fanatismo que despertó Rosas sólo pudo ser depuesto por una alianza entre federales cismáticos –como los llamaba Encarnación- y dos países externos. La masa popular jamás lo dejó de lado y siempre estuvo presente. Ni con Rosas ni contra Rosas es el título del libro de Emilio Ranvignani. Ya el título marca la delgada línea que separan las actitudes del “príncipe criollo” –como lo llama el autor-. El entendimiento de este polémico personaje pasa por poder liberarse de toda perspectiva romanticista –y esto iría en contra del propio Rosas- para comprender cada una de sus decisiones políticas. Su trato con los indios fue magistral. Al ser un hombre que se había formado en el campo –y así finalizó su vida- siempre comprendió las clases bajas. Él mismo decía que la clave para obtener la adhesión de los paisanos era ganarse su lealtad, y para eso era preciso tratarlos de igual a igual y vivir como ellos.

Fue un Restaurador, el único capaz de establecer un orden, una conciencia, una identidad nacional. La democracia estaba bien lejos por aquellas épocas. Rosas fue un tirano. Lo fue. Jamás le tembló la mano a la hora de mandar a fusilar algún unitario. Tampoco en cerrar la universidad y en establecer su nombre por encima del ideal federal. Rosas cosechó muchísimos adeptos, pero suscitó numerosas traiciones como las de Lamadrid, Balcarce, Juan Mascarilla López -hermano de Estanislao- y Pacheco. El Caudillo fue una marca inequívoca en la historia nacional. Es muy delgada la línea  que lo pone como el peor de los tiranos o como el prócer de la bandera. Sin dudas, fue una figura central en la constitución de la identidad y soberanía argentinas. El análisis demonizador o santificador es muy simplista. La vida y obra de este “villano” trasciende a las palabras y pone en evidencia que fue un líder indiscutido, popular, y sobre todo, argentino.

Publicado en :


Material seleccionado por el profesor Adrián Corbella

sábado, 4 de junio de 2011

LA TRADICIÓN PERDIDA DE DORREGO , por Hernán Brienza (Epílogo del libro “El loco Dorrego, el último revolucionario”, Marea, Buenos Aires, 2007)


“Este libro nació hace poco más de dos años cuando en un programa de radio un conductor, hablando sobre mi libro Maldito tú eres, me preguntó sobre el momento en que comenzó la violencia política en la Argentina. El periodista sostenía, no sin cierta malicia, que todo se había iniciado con el secuestro y posterior asesinato del general Pedro Eugenio Aramburu. Obviamente, le respondí que el crimen de Aramburu estaba enmarcado en lo que era una dictadura, y propuse cambiar la fecha del comienzo de las agresiones a junio de 1955 y julio de 1956, años respectivos del bombardeo a la Plaza de Mayo que dejó centenares de víctimas y al fusilamiento Juan José Valle entre otras 27 personas, entre civiles y militares. De inmediato, comenzó un juego del Gran Bonete, en el cual él argumentó que el golpe de Estado estaba justificado porque se trataba de un régimen autoritario y yo justifiqué esas restricciones democráticas respecto del fraude patriótico de la década infame y ambos estuvimos casi de acuerdo en consensuar que el mal del siglo XX tiene una fecha exacta, el 6 de septiembre de 1930, día en que el general José Félix Uriburu derrocó el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Pero el juego continuó y se habló de las represiones a las huelgas en la Patagonia, de la Semana Trágica, de la Revolución del ´90 y la de 1905, de los crímenes de la organización nacional contra el “Chacho” Peñaloza, el crimen de Urquiza, del golpe de Caseros, de la mazorca rosista y de los años de la ´tiranía´ federal y por último llegamos al 13 de diciembre de 1828, día en que fue fusilado Manuel Dorrego. Para ser groseros, cerramos el litigio con un : ´En esa fecha comienza la larga guerra civil que divide a los argentinos´.

Este libro, entonces, es una continuación de mi preocupación permanente por desentrañar las razones de la violencia que sacudió a mi país en la década de 1970.

La idea de la Argentina quebrada en dos fue bien formulada por Nicolás Shumway, que en su esquemático libro La invención de la Argentina concluye con una profecía poco feliz : ´La Argentina es una casa dividida contra sí misma y lo ha sido al menos desde que Moreno se enfrentó a Saavedra. En el mejor de los casos, las divisiones llevan a un impasse letárgico en la que nadie sufre demasiado ; en el peor, la rivalidad, las sospechas y los odios de un grupo por el otro, cada uno con su idea distinta de la historia, la identidad y el destino, llevan a baños de sangre como las guerras civiles del siglo pasado o a la guerra sucia de fines de la década de 1970´.

Volver a Dorrego, entonces, es regresar a un punto nodal de la historia, para hender y desmenuzar los conflictos que se agitan dentro de sus vísceras. Estas página hablaron, a través de la vida de un hombre, del gran desencuentro de los argentinos.

Pero ¿ por qué Dorrego?.

No sólo porque es el primer crimen político luego de la furia revolucionaria que acabó con Santiago de Liniers y con Martín de Álzaga y de los procesos judiciales que concluyeron en la pena de muerte -como en el caso de la anarquía del año 1820- ; sino por las cualidades de Dorrego y por las circunstancias que rodean su asesinato. El 13 de diciembre de 1828 mueren definitivamente los principios que sostuvieron algunos de los hombres más esclarecidos de la Mayo de 1810 y el golpe decembrino no es otra cosa que una matriz de los posteriores golpes de Estado que sacudieron al siglo XX.

Dorrego, como dice José Ingenieros en su La evolución de las ideas argentinas fue “un ariete demoledor –contra el unitarismo que era considerado un monarquismo centralista- ; aumentaron su eficacia las vinculaciones sociales y políticas que tanto pesaban en el espíritu de la oligarquía porteña, y , seguramente, su limpieza moral, su ilustración, su audacia y la firmeza inquebrantable en los ideales porque impendió su vida. Este hombre jacobino y liberalísimo se complicó en los manejos de los conservadores y contribuyó a preparar la tiranía de Rosas, sin prever las consecuencias ni sospechar que su nombre se convertiría en bandera del partido que cimentó la dictadura”.

Como no podía ser de otra manera, Ingenieros está claramente influenciado por su concepción dualista de la historia argentina a la que divide en la dialéctica revolución-reacción y para él Rivadavia y Dorrego, aunque enemigos irreconciliables, son hombres del progresismo, mientras el Congreso de Tucumán y el federalismo de Rosas significan la restauración de la sociedad conservadora, es decir, monárquica. Pero hay dos palabras felices en la prosa de Ingenieros : ‘jacobino y liberalísimo’. Dorrego, sin dudas, es el mejor continuador en el poder de Mariano Moreno y de Bernardo de Monteagudo, los dos dominantes jacobinos de la Revolución de Mayo y los dos hombres con mayor visión y proyección política que tuvo aquella época.

La historia argentina está trazada –obviamente, se trata de operaciones ideológicas posteriores- por encadenamientos políticoculturales que, como con perfidia la definieron Agüero y luego Sarmiento, se puede dividir en “civilización y barbarie”, en “ilustración y salvajismo” o en términos menos pasionales y menos manipuladores en una línea liberal –la denominada por Arturo Jauretche ‘Mayo-Caseros’- y la línea nacional y popular.

Adalides de la primera concepción son Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, el roquismo, la autodenominada ‘Revolución Libertadora’ e importantes sectores del Onganiato (la dictadura de Juan Carlos Onganía), del Proceso de Reorganización Nacional –nunca mejor pensado, en términos ideológicos, el nombre que se dieron a sí mismos los líderes de la última dictadura militar- y del gobierno de Carlos Menem, sobre todo en los tres casos últimos, los integrados por los equipos económicos e intelectuales orgánicos de esos procesos. Los paladines que integran la línea nacional , como se sabe, son José de San Martín, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

En una versión esquemática y un poco naif la línea Mayo-Caseros se ve a sí misma como precursora de la civilización y del orden, del progreso económico y de las libertades del hombre occidental ; y la nacional y popular, defensora de los intereses económicos de la Nación y de los sectores populares. Las acusaciones cruzadas señalan que los primeros son golpistas, tiranos, extranjerizantes y entregadores de las riquezas al extranjero y que los segundos son bárbaros, refractarios, demagógicos y dictatoriales. Y algo de razón tienen todos, como no podría ser de otra manera.

Pero ¿Dónde encaja Dorrego?.

Sencillamente, no encaja. Y esa es la razón por la que fue condenado al olvido histórico. Los liberales no pueden recuperar para su panteón a un hombre al que asesinaron sin más. Entonces, deciden callar o intentar justificar las acciones de Lavalle echando tierra sobre Dorrego –tachándolo de “loco” o “conspirador”·- o, como señala José Pablo Feinmann en su esclarecedor libro La sangre derramada, construir la figura de Lavalle-víctima. Resulta interesante la operación política develada por Feinmann : ‘En el fusilamiento de Dorrego se ha insistido en ver a dos víctimas : al fusilado y al fusilador. Dorrego muere y es la gran víctima del federalismo. Lavalle no muere pero permanece hundido en una desdicha que -con frecuencia- pareciera ser mayor que la de Dorrego : es la desdicha que genera la culpa. Lavalle ha sido la principal víctima de su temperamento, de su pasión incontrolada, de los malos consejos de sus consejeros. Esta imagen de Lavalle-víctima, del Lavalle tragedia ha sido desarrollada por el referente masculino de la Nación, Ernesto Sábato, en una trama lateral de su novela Sobre héroes y tumbas. Convocó con su infalible efectividad, la adhesión, la emoción y el deslumbramiento de los sectores culturales medios argentinos. En verdad, la vigencia de ese Lavalle se debe en gran medida a las páginas que Sábato le dedicara en esa novela fetiche –deudora kitsch de las filosofías de la tragedia- publicada a comienzos de la década de los 60’.

Pero resulta muy significativo leer lo que los viejos liberales pensaban del propio Dorrego para comprender también porqué el sector nacional no lo incluye como debiera en su panteón de próceres. Obviamente, es una operación antirrosista, pero vale la pena refrescarla. Mitre, el padre de la historia y de la mitología argentina, lo define lacónicamente como “el único prócer federal” y Sarmiento ahonda esos conceptos : ‘ Los antiguos unitarios no han alcanzado a comprender que Dorrego con su ambición y sus intrigas era, sin embargo, el único que habría podido organizar la República bajo las formas parlamentarias, sin dar lugar a que ambiciones bárbaras y retrógradas vinieran con Rosas a incorporarla bajo la férula de un despotismo sanguinario, y que ahoga todo germen de civilización y de prosperidad. Dorrego era hijo de la Cámara parlamentaria y de la prensa de oposición, y nunca habría destruido las armas que con tanta gloria habían derrotado a la presidencia [de Rivadavia]’ dice el sanjuanino con su escritura ardiente y belicosa.

Y en el Facundo, si bien critica duramente a Dorrego, agrega en un párrafo de sutil análisis político : ‘Dorrego está de más para todos : para los unitarios, que lo menospreciaban ; para los caudillos, a quienes era indiferente ; para Rosas, en fin, que ya estaba cansado de aguardar y de surgir a la sombra de los partidos de la ciudad, que quería gobernar pronto, incontinente ; en una palabra : pugnaba por producirse aquel elemento que no era, porque no podía serlo, federal en el sentido estricto de la palabra ; aquellos que se estaban removiendo y agitando desde Artigas hasta Facundo, tercer elemento social, lleno de vigor y de fuerza impaciente por manifestarse en toda su desnudez, por medirse con las ciudades y con la civilización europea […] Lo que Lavalle hizo fue dar con la espada un corte al nudo gordiano en que había venido a enredarse toda la sociabilidad argentina : dando una sangría quiso evitar el cáncer lento, la estagnación ; poniendo fuego a la mecha que hizo que reventase la mina por la mano de unitarios y federales preparada mucho tiempo atrás’.

Incluso Esteban Echeverría se deshace en elogios para el ‘padrecito de los pobres’ y escribe en el Dogma Socialista : ‘Dorrego era caudillo de una facción, y murió víctima de otra facción vencedora […]. Pero la federación Dorreguista no era la federación Rosista. Dorrego, a más de caudillo federal, puede considerarse como la más completa y enérgica expresión del sentido común del país, alarmado en vista de las incompresibles y bruscas innovaciones del partido unitario ; y es indudable que en este terreno era fuerte, y desempeñaba muy bien su papel de tribuno de la multitud. La federación, por lo mismo, en su boca significaba algo, era el eco de un instinto de reacción popular y una bocina de alzamiento. La federación que Rosas vocifera es todo lo contrario de lo que han pretendido todos los caudillos desde Artigas hasta Dorrego’.

Está claro –pese a estos elogios- por qué los liberales desprecian a Dorrego : popular, demagogo, alterador del orden y acaso protonacionalista, son algunos de los cargos de los que pueden acusarlo. Y si uno hila más fino encontrará detrás de sus enemigos la verdadera ligazón que las clases dominantes –ilustradas o no- reservan para los sectores populares y sus líderes : el desprecio social. Como dice Vicente Massot, en su libro Matar y morir, ‘los unitarios –por afectada que fuese su condición- creyeron ser civilizados por oposición a sus enemigos, a quienes, indistintamente, calificaron como hordas, canallas, gentuza o forajidos’. Y tal vez en ese menosprecio, en ese desdén, se encuentre la causa de los males de la Argentina. Ese desapego, esa ajenización que siente por los sectores populares, le impidió a la clase dominante criolla, a lo largo de dos siglos, construir una sociedad homogénea política y socialmente. Tiende a tejer sus alianzas, excepto en contadas ocasiones, con los sectores privilegiados de las grandes potencias antes que conducir el destino de las clases subalternas, como ya bien lo señaló la cohorte de escritores nacionalistas de principios de siglo XX, como Manuel Gálvez y Ernesto Palacio, entre otros.

Sin embargo, no queda claro por qué los sectores nacionales no hicieron de Dorrego una bandera propia y eligieron a Rosas como emblema. La primera razón posiblemente se deba a que siempre es necesario realizar un ‘rescate monumental’ –en términos nietszcheanos- de un personaje victorioso, antes que de un mártir. La excepción fue el propio Rosasmque accedió al poder sobre el cadáver de Dorrego. Pero también hay razones fundamentales en el punto nodal del pensamiento nacional para las que es más funcional Rosas que Dorrego.

Ambos caudillos no representaban lo mismo. Los une sin dudas la pasión por al defensa de la soberanía nacional. Pero tenían proyectos políticos diferentes. Mientras Dorrego era un federalista, republicano, democrático y liberal, Rosas creía en la república aristocrática paternalista de hecho. Y también las bases de sustento político eran diferentes. Así como Dorrego construía poder pivoteando en una alianza entre ganaderos y comerciantes, apoyado por los círculos intelectuales porteños y los caudillos provinciales y representando a los sectores medios y bajos de la ciudad –los orilleros, los milicianos-, Rosas tejió una sólida alianza con los ganaderos de la provincia de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe y con los sectores populares del campo, sin demasiado interés por la inclusión de las demás provincias en el Estado. Su federalismo era constitutivamente diferente. Rosas era un hombre del orden, Dorrego de la revolución. Rosas, un estanciero , Dorrego, un burgués . Rosas estaba ideológicamente cerca de Martín Rodríguez y Lavalle, Dorrego, en cambio, de Moreno y San Martín, de Artigas y de Bolívar, pese a los desvaríos dictatoriales del venezolano.

Pero por alguna razón, la corriente del pensamiento nacional –tradición con la cual siempre me sentí identificado- se deslumbró con la imagen de Rosas y no con la de Dorrego, con las excepciones de René Orsi y Jorge Abelardo Ramos. Y me animo a arriesgar que fue por el contenido autoritario que abrazó la línea nacional en el siglo XX, ya fuera tanto en sus vertientes de derecha como de izquierda. El nombre de Dorrego sonaba todavía demasiado liberal, pluralista, para los principales pensadores de esta corriente. Era más fácil operacionalizar la semejanza entre Rosas e Yrigoyen -como lo hizo Manuel Gálvez- entre Rosas y Perón –como lo realizaron José María Rosa, Raúl Scalabrini Ortiz y Jauretche- que hacerlo con Dorrego, después de todo, un republicano derrotado.


Dorrego, entonces, es apenas el cruce de dos paralelas : liberal, pero nacionalista ; federal, pero ilustrado ; porteño, pero federal ; ilustrado, pero popular ; nacional y popular, pero democrático y republicano ; nacionalista, localista, pero profundamente americanista, bolivariano , sanmartiniano. Por eso no encaja en los moldes de las líneas históricas. Su aura reverbera en las figuras de Leandro N. Alem, acaso Hipólito Yrigoyen, tal vez el primer Perón, el John William Cooke preguevarista y posiblemente en Arturo Illia y Héctor Campora, aunque todos éstos personajes tengan diferencias ideológicas supuestamente irreconciliables

La última exhumación ideológica de Dorrego la hicieron Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, en el libro El asesinato de Dorrego. Y es apasionante leer esa gran operación cultural de rescate histórico. En la última página sostienen : “Rosas comprendía, fundándose en la experiencia de Dorrego, que si no destruía el sistema de sus enemigos mediante la violencia, no conseguiría llevar adelante aquella política nacional. […] Esta línea nacional, como la llamara Raúl Scalabrini Ortiz, era la línea de las clases populares, caracterizada por la resistencia triunfal de la penetración extranjera. Tendrá más tarde sus nuevos mártires : Juan Facundo Quiroga, Martiniano Chilavert, Jerónimo Costa, el Chacho Peñaloza, Aurelio Salazar serían las gloriosas víctimas del sistema del siglo pasado. Tras la derrota momentánea del movimiento de masas peronista a raíz de la contrarrevolución de septiembre de 1955 –que bombardeara al pueblo en sus plazas-, nuevamente los doctores de casaca negra condenarían sanguinariamente a los militantes del pueblo. El general Juan José Valle, que como Dorrego sabría aceptar con honor la injusta sentencia de la oligarquía, y Felipe Vallese, obrero peronista, serían los símbolos más notables de la larga lista de perseguidos y asesinados en nombre de una ‘revolución libertadora’ que, como la de Lavalle, tenía por único objetivo entregar nuestra patria al vasallaje internacional. Tras el asesinato de Dorrego, crimen que la historia hecha por el pueblo no justifica ni justificará jamás, se descubre una experiencia aleccionadora en la guerra total que el pueblo ha decretado contra sus enemigos’. Fascinante prosa de 1965 que será cinco años después la mejor justificación ideológica para cerrar con el secuestro y fusilamiento de Aramburu el círculo histórico de Navarro.

¿Y Lavalle?

Lavalle no es otra cosa que el Sargento “anti” Cruz de la larga noche de la historia argentina, se podría decir parafraseando a Jorge Luis Borges en su texto Nuestro pobre individualismo. Es el militar que en vez de colocarse del lado del valiente, que en el Martín Fierro, de José Hernández, decide traicionar a Fierro y sumarse a la patrulla para darle muerte al bravo. No es merecedor, en mi opinión, ni de justificación hacia su crimen ni conmiseración ante su arrepentimiento posterior. Simplemente es pertinente marcar una constante de todos los golpes de Estado : los llevan adelante soldados nacionalistas y disfrutan de sus dividendos los liberales económicos y los hombres de negocios cuando consideran que deben recuperar el poder perdido en manos de los sectores populares a los que tanto desprecian. Esta es la matriz real de todos los quiebres institucionales que se produjeron a lo largo de nuestra historia . Alguna vez los militares argentinos deberán hacerse cargo de todos sus errores históricos y reconocer que han servido solo para impedir la fecundización de un proyecto nacional profundo.

Por último, tal vez el peor crimen de Lavalle no haya sido el asesinato de Dorrego, ni la imposición de la primera tiranía en esta tierra, ni la implantación del liberalismo a través del inicio de una tradición golpista, sino, también, el arrebato a los hombres de acción y de pensamiento nacional de la posibilidad de reconciliarse con el republicanismo, el pluralismo y el profundo sentido democrático de los Moreno, los San Martín y los Dorrego.

Esta biografía de Dorrego, como todos los trabajos anteriores, también es hija de su tiempo. Y es, sobre todo, hija de su autor. La historia es apenas una sucesión de mitologías que se resiste a dejarse disciplinar en el coto de la ciencia. Creo, como ya dijo Manuel Gálvez, que ‘toda biografía, toda historia, es siempre una interpretación. La verdad absoluta no la poseemos ni la poseeremos jamás’. Y seguramente toda interpretación es un anhelo. Y todo anhelo, una convicción. Mi íntima convicción es que mi país sólo recuperará su destino cuando logre recuperar la tradición perdida de Dorrego"


Hernán Brienza, 28 de diciembre de 2006.

Puede encontrarse en la red el libro completo digitalizado en :




Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella

PARA QUÉ SIRVIÓ LA BATALLA, por Sergio Wischñevsky (para PÁGINA 12 del 21-11-10)

Por Sergio Wischñevsky , Historiador, UBA.


El 20 de noviembre de 1845 una flota enviada por Inglaterra y Francia avanzaba por el río Paraná hacia el interior del continente. Eran 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes, estos navíos poseían la tecnología más avanzada en maquinaria militar de la época, impulsados tanto a vela como con motores a vapor. Una parte de ellos estaban parcialmente blindados, y todos dotados de grandes piezas de artillería forjadas en hierro y de rápida recarga, granadas de acción retardada y cohetes Congreve que causaban efectos devastadores. Disponían de 418 cañones y 880 hombres armados. Argumentaron que su presencia era por razones humanitarias y para garantizar el libre comercio. El gobierno de Rosas se dispuso a resistir las presiones de estas dos potencias europeas y decidió dar batalla. Los criollos esperaron a la flota en Vuelta de Obligado, un recodo donde el río se angosta a 700 m de orilla a orilla en la localidad de San Nicolás en Santa Fe. La idea era perpetrar una emboscada, contaban con seis barcos mercantes y 60 cañones construidos de apuro, con más fervor que pericia, con más voluntad que posibilidades de triunfo. Tres gruesas cadenas se desplegaron a lo ancho del Paraná para cerrar el paso, sostenidas por lanchones. Evidentemente no tenían chances, la desigualdad de fuerzas y de preparación era abismal. Sin embargo, es justamente esta evidencia lo que le otorga una nobleza especial al enfrentamiento. Fue una batalla perdida, la flota logró seguir avanzando y diezmó a las fuerzas de la Confederación, pero a partir de ese momento empieza otra historia.
Los opositores a Rosas habían convencido a los ingleses de que si atacaban iban a encontrar el apoyo y simpatía de los pueblos del litoral. De hecho, Florencio Varela dejó por escrito su entusiasmo con la llegada de la flota anglo-francesa y propició la separación de Paraguay, Uruguay y la creación de una república mesopotámica con la unión de Entre Ríos y Corrientes. En ese entonces el puerto de Montevideo era manejado por un comerciante inglés que tenía la concesión hasta 1848. Evidentemente muy buenos negocios, libres de impuestos, se presentaban como perspectiva al comercio europeo si lograban quebrar la resistencia a la “libre navegación” de los ríos Paraná y Uruguay.
La flota siguió su avance y tanto desde la prensa unitaria como desde medios británicos se festejaba la llegada de una nueva era comercial.
Pero los ecos de la batalla generaron una nueva resistencia, las poblaciones adyacentes a los ríos retiraron el ganado y todo aquello que pudiera servir de vitualla. Al pasar por las costas de San Lorenzo recibieron ataques de artillería como así también en otros puntos de la travesía. Al desembarcar en Corrientes y en Paraguay descubrieron con amargura que el alto costo de hambre, enfermedades y muerte no se ajustaba a los beneficios económicos que realmente esperaban obtener. Concluyeron que era mucho más racional reconocer la soberanía de la Confederación en sendos pactos que Inglaterra, y un año más tarde Francia, firmaron.
El gran triunfo fue dar la batalla. Quienes aseguran que el verdadero logro se dio en las negociaciones diplomáticas olvidan que en esas mesas de discusión siempre están presentes y juegan un rol fundamental la evaluación de las fuerzas y las voluntades en disputa.
Con la historia está sucediendo algo muy parecido a lo que se viene discutiendo en nuestro país con el periodismo. El historiador Luis Alberto Romero ha dicho que este “revival” de la Vuelta de Obligado abreva en un nacionalismo patológico que hace emerger al enano nacionalista que la sociedad argentina tiene muy arraigado. Por ello recuerda que para los historiadores profesionales la nacionalidad es una construcción social y no una esencia.
Eric Hobsbawm observó que la idea de nación reconoce tres etapas conceptuales muy diferentes: la primera ligada a la Revolución Francesa homologa nación con pueblo y tiene un carácter profundamente inclusivo. Todo el pueblo es la nación, el enemigo era la aristocracia. La segunda concepción es la que asociamos con las corrientes de derecha. El nacionalismo en este caso es excluyente. Enfrenta a las naciones, habla de superiores e inferiores, se desliza con facilidad al fascismo. El tercer nacionalismo posible es el que enfrenta a las naciones sometidas con sus metrópolis, es lo que se ha dado en llamar antiimperialismo y resalta los valores nacionales y la soberanía como impulso a la libertad a la autodeterminación de los pueblos. Por eso reivindicar en la historia aquellos momentos en los que se enfrentó a los imperios no es despertar al enano nacionalista sino muy por el contrario recordar que si bien es cierto que la nación no es una esencia, sino que es algo que se construye, está muy claro que esa construcción está jalonada de atrevimientos como el del 1845 y de derrotas que se convierten en victorias. En los días que corren es bueno tenerlo presente.

Publicado en :

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157295-2010-11-21.html


Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella