sábado, 18 de junio de 2011

ROSAS : EL GRAN CAUDILLO FEDERAL, por Luciano Sáliche (para "Revista Alrededores" de junio de 2011)



Es muy delgada la línea que pone a Juan Manuel de Rosas como héroe patrio o como dictador conservador. Hasta el día de hoy se debate cuál fue el papel que jugó en la historia. Un nostálgico y apasionado esbozo de la vida y obra del Restaurador de las Leyes, el villano político más emblemático de la Argentina del siglo XIX.


Por Luciano Sáliche - l.a.saliche@hotmail.com



En la calle Sarmiento -entre San Martin y Florida- de la ciudad de Buenos Aires, el 30 de marzo de 1773, bajo el nombre de Juan Manuel Domingo Ortiz de Rozas, nace un polémico e inimitable líder político. Fue un fiel buscador de sus propias convicciones, autónomas en sí mismas. Buscó siempre su independencia: a los 14 años luchó frente a la Segunda Invasión Inglesa como soldado en el cuarto escuadrón; se formó como hombre de campo yéndose de su casa por no querer continuar con la empresa familiar; y tras su enemistad con la familia de su futura mujer -Encarnación Ezcurra- fingieron un embarazo para lograr su cometido. Ya desde sus inicios se mostró como una figura poco convencional  que se rebelaba con la misma herramienta que lo hostigaba, la tradición.

Inició su carrera política en plena crisis del ‘20, cuando en la batalla de Cepeda cae el Directorio y se afianza por primera vez el federalismo. Cuando se firmó el mítico Tratado de Pilar y se consagró a Manuel Dorrego como gobernador,  Rosas es ascendido a coronel de caballería logrando una gran influencia y un fuerte posicionamiento de su figura. Ya con Martín Rodríguez en el gobierno de Buenos Aires y la figura de Bernardino Rivadavia en el Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores, Rosas chocará fuertemente con ellos debido a la política que tendrán con los indios. En la Colección del Bicentenario de Biografías Planeta, el libro “Juan Manuel de Rosas, el Restaurador Político” cuenta una bella anécdota donde se ilustra la postura del Caudillo: “A los oídos de Rosas llega un rumor que un brote de viruela está asolando tribus amigas. De inmediato solicita a los caciques un encuentro y, en presencia de ellos, se hace vacunar. Sabe que el simple gesto alcanza. Bastará esa demostración para que los indios pierdan el miedo a la vacunación y la peste sea contrarrestada”.


Estrella federal

 Cuando Rivadavia se constituye como presidente –recodemos que el cargo sólo dura un año hasta que en 1854 lo retomará Urquiza- es donde toma fuerza la oposición federal debido a las políticas reformistas y unitarias del primero, obligándolo a renunciar. Con Dorrego en Buenos Aires, Rosas se perfila como el próximo dirigente. Para comprender la dramática situación que vivía el Río de la Plata entre unitarios y federales hay que detenerse, como marca Juan Carlos Chiaramonte, en el término provincia. Éste concepto ocultaba una resonancia mayor ya que hacía referencia –sin quererlo- a divisiones administrativas del virreinato. En aquellos tiempos todo paisano se sentía autóctono de su provincia, de su pueblo y no del nuevo orden político que refería la Nación. He aquí la importancia del federalismo de Rosas: Buenos Aires con su hegemonía clara de cara al puerto y la distribución frente a las demás provincias pero no como un estado centralizado sino como una Confederación. La soberanía se iniciaba –sostenía el federalismo argentino- en cada uno de los pueblos para luego conformar la nación que los englobaba.

El levantamiento de Juan Lavalle y José María Paz, los dos grandes líderes unitarios, provocó la huida de Rosas a Santa Fe donde se encontraba Estanislao López. Dorrego no le hizo caso al Caudillo quedándose en Buenos Aires para hacer honor a su cargo. Los unitarios estaban dispuesto a todos, eran los tiempos de la anarquía y el caudillismo. La secuencia culmina con el fusilamiento de Dorrego por parte del general Lavalle. En el conflicto, San Martín le escribía a Lavalle desde Francia, pintando así la necesidad de una figura restauradora y tiránica en la historia: “Igualmente convienen, y en esto ambos partidos, que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca (…) No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que ser yo el ejecutor de tamaños horrores.” El grado de convulsión era tal que el Libertador veía que sólo con una guerra civil definitiva y sangrienta podía izarse el país que tanto había soñado. 

El Pacto de Cañuelas entre Lavalle y Rosas llamó a elecciones en Buenos Aires. Rosas sabía que las clases populares estaban con él. La Junta de representantes, por un total de 32 a 1, eligió Gobernador de Buenos Aires al Caudillo. Allí se inició su primer mandato con el título de “Restaurador de las Leyes”. 

El Pacto Federal y los caudillos

La Liga Unitaria juntó nueve provincias al mando de Paz. Los tiempos se volvieron hostiles pero en ese momento surgió la figura del riojano Facundo Quiroga que se sublevó frente al estallido unitario y junto a Estanislao López y Juan Manuel de Rosas formaron un tridente legendario de la época dorada de los caudillos provinciales. Estos tres líderes federales firmaron el Pacto Federal de 1831 y, tomando como prisionero al general Paz, disolvieron así la Liga Unitaria. Ya restablecido medianamente el orden en el país, se eligió a Balcarce como gobernador de Buenos Aires. Rosas quedó como jefe de campaña yendo a hacer política al lugar que tanto había deseado: como hombre de campo expandiendo la frontera y mediando con los aborígenes.

En 1931 una manifestación popular pidió, al grito de ¡Viva Rosas!, que el Restaurador vuelva al mando ya que Balcarce no tenía la imagen pública que el pueblo esperaba. Rosas se negó varias veces por no obtener las facultades extraordinarias que se le otorgaron en el pasado, hasta que finamente aceptó debido a un triste hecho: la muerte de Quiroga. El riojano había ido a establecer la paz federal por los levantamientos en Salta y Tucumán. Y lo había logrado. Al volver a Buenos Aires, en Barranca Yaco, Córdoba, los unitarios lo interceptan dándole muerte. Rosas asume, y con las facultades incluidas.
Ejecución de José Vicente
Reynafé y Guillermo Reynafé

Muchos dijeron que la muerte de Quiroga fue una bendición para Juan Manuel. Pero la realidad es diferente ya que Rosas le tenía mucha estima al riojano. En su discurso inicial recordó los asesinados por los “salvajes unitarios”: Dorrego, Villafañe, Latorre, José Ortiz y ahora, Quiroga. El odio se condensó y las medidas que se tomaron hacia los opositores fueron extremas.  De hecho, hay una particularidad en el asesinato de Quiroga ya que no se comprobó con exactitud que hayan sido los causantes los hermanos Reynafé –polìticos y militares cordobeses unitarios-. Quedaron libres luego del juicio realizado en Córdoba pero no contento con ello, Rosas los enjuicia en Buenos Aires y se los declara culpables. Fueron colgados en la Plaza de la Victoria, actual Plaza de Mayo.

Luego del funeral de Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, astuto estratega político, pedirá un plebiscito para acentuar más aún la confianza del pueblo: de 9720 votantes, 9713 se pronunciaron por la afirmativa y en la Junta de Representantes sólo dos votaron en contra. Fernando Sabsay, en su tomo primero de Protagonistas de América Latina, comenta este momento cumbre: “La concepción iluminista del quehacer político debía ser remplazada por una concepción romántica, aferrada a la tierra y la tradición (…) y el caudillo más fuerte y más adentrado en el sentir multitudinario -era- Juan Manuel de Rosas.”

Vuelta de Obligado y La Caída


En
el ‘38, se dieron más bajas para Juan Manuel. Muere el patriarca de la Federación, Estanislao López, de una tuberculosis. Y, más triste aún, cuatro meses después,  fallece su compañera de vida, Encarnación Ezcurra. En este contexto, Rosas debió enfrentar el bloqueo anglo-francés. El restaurador decidió ir a fondo: sitiar Montevideo luego de tomar el resto de la Banda Oriental para combatir a Rivera y todos los opositores unitarios exiliados en dicha ciudad. Hacía años que los unitarios y los intelectuales opositores se exiliaban en la capital uruguaya al no encontrar seguridad en su país. Al mismo tiempo, el vicecónsul francés Roger pidió que se liberen de inmediato sus compatriotas presos políticos por supuesta cooperación con los unitarios. Rosas, obviamente, se negó. Con la excusa del conflicto, de querer mediar y de ver sus intereses en el Río de la Plata jaqueados, franceses e ingleses armaron su escuadra y atacaron. La célebre respuesta de Rosas frente al ataque a la soberanía nacional ilustra el emergente nacionalismo de la época: “La Confederación nunca se someterá a la prepotencia extranjera”.
En la Vuelta de Obligado se extendió una triple cadena para cerrarles el paso a las naves invasoras y se dispusieron baterías frente al río. A la entonación de “Oíd mortales” comenzó el combate. La diferencia armamentística y la avanzada extranjera fueron contundentes. Fueron más las perdidas argentinas pero el ideal romántico y nacional que se gestó fue fascinante. En Chile, Paraguay y sectores del Brasil comenzaron a ver con otros ojos al Caudillo. De hecho, algunos unitarios se conmovieron por la resistencia nacional. Los invasores se llevaron una victoria en cuanto al triunfo bélico pero sólo pudieron imponerles su comercio a un sector de Paraguay y a Corrientes que eran rebeldes al federalismo. La mayor cantidad de mercadería tuvo que volver a su país de origen dado que todos los civiles apoyaron la epopeya nacional y se negaron a comerciar con el agresor. 

Pero la historia nunca es justa. Rosas se volvió tosco, necio y más totalitario. El venerado personalismo de la Confederación en el Caudillo terminó siendo negativo. El surgimiento de Justo José de Urquiza, un fuerte caudillo federal de Entre Ríos, provocó el quiebre del contexto. Las disputas entre el Litoral y Buenos Aires se ampliaron dado que la comercialización de los ríos no podía continuar siendo monopólica a los bonaerenses. Urquiza va a correr de lugar la antigua lucha al permitir el ingreso de los exiliados unitarios a su provincia.  El conflicto se pronunció. Urquiza se alía con el imperio del Brasil, el gobierno de Paraguay y el de Corrientes iniciando la batalla de Caseros, la definitoria para librar a Buenos Aires del “Villano”. Las masas populares siempre estuvieron con Rosas pero la traición de Ángel Pacheco –uno de los militares predilectos de Rosas-dejó libre el flanco para el ataque de Urquiza. Rosas no era un gran comandante estratégico de guerra por lo que tuvo que huir. Se exilió en Southampton, Inglaterra y falleció sólo y viejo a los 84 años en su chacra como hombre de campo sin riquezas. Sobre el féretro, una bandera argentina y el sable que le había obsequiado San Martín.

Comprensiones finales


El fanatismo que despertó Rosas sólo pudo ser depuesto por una alianza entre federales cismáticos –como los llamaba Encarnación- y dos países externos. La masa popular jamás lo dejó de lado y siempre estuvo presente. Ni con Rosas ni contra Rosas es el título del libro de Emilio Ranvignani. Ya el título marca la delgada línea que separan las actitudes del “príncipe criollo” –como lo llama el autor-. El entendimiento de este polémico personaje pasa por poder liberarse de toda perspectiva romanticista –y esto iría en contra del propio Rosas- para comprender cada una de sus decisiones políticas. Su trato con los indios fue magistral. Al ser un hombre que se había formado en el campo –y así finalizó su vida- siempre comprendió las clases bajas. Él mismo decía que la clave para obtener la adhesión de los paisanos era ganarse su lealtad, y para eso era preciso tratarlos de igual a igual y vivir como ellos.

Fue un Restaurador, el único capaz de establecer un orden, una conciencia, una identidad nacional. La democracia estaba bien lejos por aquellas épocas. Rosas fue un tirano. Lo fue. Jamás le tembló la mano a la hora de mandar a fusilar algún unitario. Tampoco en cerrar la universidad y en establecer su nombre por encima del ideal federal. Rosas cosechó muchísimos adeptos, pero suscitó numerosas traiciones como las de Lamadrid, Balcarce, Juan Mascarilla López -hermano de Estanislao- y Pacheco. El Caudillo fue una marca inequívoca en la historia nacional. Es muy delgada la línea  que lo pone como el peor de los tiranos o como el prócer de la bandera. Sin dudas, fue una figura central en la constitución de la identidad y soberanía argentinas. El análisis demonizador o santificador es muy simplista. La vida y obra de este “villano” trasciende a las palabras y pone en evidencia que fue un líder indiscutido, popular, y sobre todo, argentino.

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Material seleccionado por el profesor Adrián Corbella

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