viernes, 3 de junio de 2011

UN BICENTENARIO PARA CASTELLI , por Hernán Brienza (para "Tiempo Argentino" del 25-05-11)

Arriba : Juan José Castelli, Evo Morales, José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru) y Bernardo Monteagudo.
De revoluciones y revolucionarios
Publicado en TIEMPO ARGENTINO el 25 de Mayo de 2011

Por Hernán Brienza
Periodista y ensayista y politólogo.


Hoy Castelli es para los argentinos poco más que una calle de cuatro cuadras en Once y un par de pueblos de provincia. Fue el hombre que quiso revolucionar la Revolución de Mayo, el que creyó en que todos podíamos ser libres e iguales.


El 25 de mayo de 2009 escribí que el “verdadero” Bicentenario se había cumplido ese día. Entrecomillo esa palabra porque, como se sabe, los comienzos de cualquier patria siempre responden al arbitrio de quien esté “inventando una comunidad”.

Argumentaba en aquel momento que los argentinos debíamos recuperar la tradición perdida del levantamiento chuquisaqueño que se conoce como el “Primer Grito de Libertad Americano”.

Y lo sostenía sobre el hecho de que era necesario traer desde el fondo de la historia a ese centro universitario y formador del pensamiento iluminista que alumbró a los hijos de la Revolución de Mayo: me refiero a Bernardo de Monteagudo –el hombre que alguna vez deberá ser reconocido en su justa medida–, Mariano Moreno y Juan José Castelli, entre otros.

Sostenía que es más noble operacionalizar culturalmente la fundación de la independencia de la patria en el pensamiento y ubicarla en el corazón de la América cobriza que hacerlo en el mezquino interés de los comerciantes y contrabandistas del puerto de Buenos Aires.

En Chuquisaca –hoy Sucre– se produjo el levantamiento popular que un día después formó la primera audiencia gobernadora de estas tierras.Para el 25 de mayo de 2010 –mientras millones de argentinos festejaban su identidad y manifestaban su voluntad de ser una nación cohesionada, solidaria, democrática, moderna– celebré ese tremebundo y al mismo tiempo fantástico Plan Revolucionario de Operaciones en el que Mariano Moreno –quizás dictado por Manuel Belgrano– escribió dos sentencias que más tarde iban a ser reformuladas por la tradición nacional y popular: la distribución de la riqueza y el intervencionismo estatal en la economía.

Hoy no quiero celebrar el Bicentenario más uno. Sino que quiero recordar al Bicentenario del 25 de mayo de 1811, una fecha que no era sólo el recordatorio de lo que había ocurrido el año anterior, sino que era algo más: se trataba de la profundización de la revolución que había empezado en 1809 en Chuquisaca. Y los protagonistas de esa jornada fueron dos hombres que aquí ya han sido nombrados: Castelli y Monteagudo. Imaginemos. Juntos, jefe y secretario, están al mando del Ejército Auxiliar del Alto Perú y cuentan con el apoyo de los caudillos patriotas como Juana Azurduy y Manuel Padilla. Está de pie frente a su formación. A un costado el precario cañoncito bautizado Tupac Amaru en homenaje al líder americano descuartizado; de frente su ejército y miles de criollos, mestizos e indígenas que escuchan con atención sus palabras.

No está en cualquier lugar, está en Tiahuanacu, cerquita nomás del Lago Titicaca, donde, dicen, Manco Cápac y Mama Ocllo fundaron hace cientos de años el Imperio Inca. Ubicado a 4000 metros de altura, en el templo del Sol, donde miles y miles de hombres y mujeres se postraron a rezar a sus dioses y donde esos mismos se reunían para reclamar a sus autoridades, es decir, en el centro político y económico del Incanato –no en vano Evo Morales eligió esas ruinas para que amaneciera su gobierno–, Castelli miró a su pueblo y le dijo:



“Nada tendrá que desear mi corazón, al ver asegurada para siempre la
libertad del Pueblo Americano.”

En su proclama, pronunciada en castellano pero traducida en lenguas originarias, Castelli decretó:



“En este caso se consideran los naturales de este distrito, que por tantos
años han sido mirados con abandono y negligencia, oprimidos y defraudados en sus
derechos y en cierto modo excluidos de la mísera condición de hombres que no se
negaba a otras clases rebajadas por la preocupación de su origen. Así es que,
después de haber declarado el gobierno superior, con la justicia que reviste su
carácter, que los indios son y deben ser reputados con igual opción que los
demás habitantes nacionales a todos los cargos, empleos, destinos, honores y
distinciones por la igualdad de derechos de ciudadanos, sin otra diferencia que
la que presta el mérito y aptitud: no hay razón para que no se promuevan los
medios de hacerles útiles reformando los abusos introducidos en su perjuicio y
propendiendo a su educación, ilustración y prosperidad con la ventaja que presta
su noble disposición a las virtudes y adelantamientos económicos… Declaro que
todos los indios son acreedores a cualquier destino o empleo que se consideren
capaces, del mismo modo que todo racional idóneo, sea de la clase y condición
que fuese, siempre que sus virtudes y talentos los hagan dignos de la
consideración del gobierno… Que en el preciso término de tres meses contados
desde la fecha deberán estar ya derogados todos los abusos perjudiciales a los
naturales y fundados todos los establecimientos necesarios para su educación sin
que a pretexto alguno se dilate, impida, o embarace el cumplimiento de estas
disposiciones”.

Se trataba del acto de mayor radicalismo igualitario de la Revolución de Mayo: todos éramos libres e iguales. Y luego también decretó : la emancipación de los pueblos, el libre avecinamiento, la libertad de comercio, el reparto de las tierras expropiadas a los enemigos de la revolución entre los trabajadores de los obrajes, la anulación total del tributo indígena, equiparó legalmente a los indígenas con los criollos y los declaró aptos para ocupar todos los cargos del Estado, tradujo al quechua y al aimara los principales decretos de la Junta, abrió escuelas bilingües: quechua-español, aimara-español; removió a todos los funcionarios españoles de sus puestos, fusilando a algunos, deportando a otros y encarcelando al resto. Obviamente, era demasiado revolucionario, tanto para las élites altoperuanas como para el gobierno porteño.

Un mes después, para peor, sufrió la derrota de Huaqui, que sirvió como excusa ideal para afectarlo de su cargo e iniciarle en Buenos Aires un juicio en su contra. Como bien cuenta Andrés Rivera en La revolución es un sueño eterno –quizás la mejor novela escrita jamás sobre uno de nuestros próceres– Castelli murió políticamente solo, enjuiciado, defendido por su amigo Monteagudo y por culpa de un tumor en la lengua producto de una quemadura de cigarro mal cicatrizada.

Hoy Castelli es para los argentinos poco más que una calle de cuatro cuadras en el barrio de Once y un par de pueblos de provincia.

Rivera le hizo justicia con esa bella novela y no mucho más. Fue el hombre que quiso revolucionar la Revolución de Mayo, el que creyó en que todos podíamos ser libres e iguales. El que pronunció antes de morir derrotado una tremenda frase producto del más entristecido de los escepticismos: “Si ves al futuro, dile que no venga.”

Hoy, a 200 años de ese grito libertario e igualitario, quizás sea un buen día para recordar al orador del Cabildo Abierto del 22 de mayo, a ese político cuyo nombre vibra y cuyas palabras laten en el sueño eterno de tantos hombres y mujeres que sueñan con aquella revolución eterna de profundizar la libertad y la igualdad con la que soñaba Castelli. Hoy, quizás, sea tiempo de llevarle un poco de futuro a tantas historias olvidadas.


por Hernán Brienza




Artículo seleccionado por el profesor Adrián Corbella

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